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        ¡ EMBÍCHATE !


                                                — Tehuichi Osorio
                                                intentado por Miguel López




        Durante cuatro años Güicho estuvo ahorrando, antes,
        su tiempo lo gastaba entre la escuela, jugar béisbol y
        ayudar a su padrino en el puesto de tacos. En tanto su bigote
        engruesaba, desde el mismo rincón de la casa de un sólo
        cuarto, veía a su padre cada vez con más cal en el
        cuerpo, a la madre enjutándose de tanto planchar ajeno, a
        sus hermanitos descalzos tragando tierra, cada día se
        convencía que su futuro era ser albañil, taquero
        o largarse de cargador al mercado de abastos de la capital. La
        llegada de Phil, hermano mayor de su compa Bonifacio, fue lo
        que lo hizo tratar de driblar al destino.

        Phil (antes Jelipe), tení cinco años de no verse
        por el pueblo: un pleito como el Olmos lo hizo huir, al dar a
        su contrincante por muerto. Nadie sabía de él, ni
        su santa madre: ella decí que era misionero en tierras
        chiapanecas, algún otro lo suponí narquillo en
        Cd. Juárez, el Olmos lo hacía líder de una
        banda de secuestradores (esas apadrinadas por cuicos), su hermano
        menor juraba se había colado de ilegal a la tierra del
        Tío Sam.

        Güicho fue el primero en ver la Ford lobo negra con
        placas gringas, copeteada de juguetes, ropa y otras chácharas,
        estacionarse en la plaza. El mecenas era el otrora Felipe. Güicho
        lo reconoció de volada, eso sí, hasta que no le llamó
        Phil no recibió su present, los demás también
        olvidaron a Jelipe, ¡Phil ha vuelto! Al joven taquero le sonrió
        la fortuna, tenis Air Jordan y un jersey de los Diamond backs
        eran su orgullo, ambos regalos de Phil, quien le dijo al despedirse:
        vente pa'Phoenix men, te me haces ley, me caes bien chavalo, no
        problemo, anímate yo contrato, en mis tortillerías just
        paisanos are hired, yo jalo con la raza brothers, one arrive Phoenix,
        mando una troca por ti, te doy casa y jale.

        48 meses después, el futuro tortillero se encontraba en Altar,
        Sonora con sus ahorros y las deudas de su tata como único equipaje.
        Había arribado a Hermosillo en avión. Tras tres días de
        reclusión en un hotel de Nogales (recomendado por el chofer
        de la shuttle), ahí hacinado compartió habitación
        con doce nayaritas, al no ver claro, se le peló al cuidador
        y en autobús vio un rojo atardecer. La noche era adulta cuando
        descendió en Altar. No tubo que buscar, ni preguntar. Al sentarse
        en la placita fue abordado, escuchó tres propuestas, todas
        similares, 1300 dólares hasta Tucson, primero en un carro
        hasta Sásabe, luego caminar siete, ocho horas, siempre de noche,
        de día buscarse una sombrita y así por tres noches.
        Luego esperar, esperar... al silbido del raitero correr
        a la troca, ya en Tucson, el bisne era seguro. Anímate
        compa, ya mero sale la Van.

        Boca abajo, con cuatro piquetes en la panza, Güicho se
        desangraba, no fue la migra, ni los sensores de movimiento,
        tampoco los minutemen o los cazainmigrantes, ni los
        gandallas de grupo Beta, ni los rateros, quienes los
        apañaron y asaltaron la Van hacía una hora,
        ni siquiera los 50ºC del desierto que no alcanzó
        a calar o las víboras venenosas. Fue el guía,
        el coyote de huaraches y cinto piteado, ese mismo que
        aseguró que no había pedo si pagaba en Tucson,
        el mismo que le ayudó a escapar de los supuestos
        asaltantes. El pollero, después de correr delante
        de él, se detuvo jadeando, al recuperar el aliento le
        gritó: ¡Embíchate! ¡Qué te
        embiches güey! al no entender la orden, Güicho
        recibió la primera caricia metálica en el rostro,
        ¡Bájate los pantalones loco! el recuerdo
        de los de suadero, tripa y su padre cargando bultos de cemento,
        urdió que luchara por su sueño, fue en vano,
        un colorado ciempiés en el brazo le hizo obedecer,
        ¡quítate los pantalones guachito de mierda! –
        ahora ponte en cuatro paisa – no la hagas difícil
        loco, arrodíllate ¡qué te hinques!
        Güicho acató la orden, mordiéndose la mano,
        al ver de reojo que el sinaloense le hurgaba su ropa, le lanzó
        una pedrada, tres navajazos en el abdomen le hicieron claudicar,
        sin resistencia, el pollero reinició la exploración,
        carcajeándose sacó el rollito de dólares
        ¿Creíste que era joto, verdad ojete? ahí
        te va otra por pensar mal de mí, ¡culero!

        Cuatro piquetes lloraban, cuatro, como los cirios que su madre
        nunca le compraría, ni siquiera fue en Arizona, ocurrió
        en Las Tinajas, tierra sonorense. El temblor de los
        músculos de Güicho cesó, de repente se quedó
        quietecito, quietecito como cuando dormía en el catre,
        soñando regresar en una camionetota con hartos regalos
        pa'su familia, pa'todo el pueblo. Ahora, su futuro, le escurría
        por el vientre, un vientre moreno, maquillado de rojo... antes
        de cerrar los ojos pensó en su tierra, en su jefecita,
        en su mamacita... lentamente se llevó la mano al pecho.
        De esa misma mano, algo dorado destelló con los primeros
        rayos del sol: una medalla de la Virgen de Juquila, al reverso
        se leía: mi bautizo Luís 17-02-88.

                                                — Tehuichi Osorio
                                                intentado por Miguel López




		









			— translated by Daniel Charles Thomas


        Guicho was saving up for four years; before, his time was spent
        between school, baseball, and helping his godfather at the taco
        stand. As his moustache got greasier, from the same corner of
        the one-room house he watched his father get more plaster on his
        body, his mother drying out from so many other peoples' ironing,
        his little brothers without shoes eating dirt, every day
        convincing himself that his future was to be a laborer,
        taco-maker, or get away to the capital and become a burden-bearer
        in the produce market. The arrival of Phil, older brother of
        his buddy Bonifacio, was what led him to attempt a drop-kick
        toward destiny.

        Phil (before Felipe), hadn't been seen for five years by the town:
        some trouble with the Olmos had led him to run away, leaving his
        rival for dead. No one knew anything about him, not his blessed
        mother: she said he was a missionary in Chiapas, someone else
        supposed him a small-time drug-dealer in Ciudad Juarez, the Olmos made
        him into a leader of a gang of kidnappers (those supported by
        cuicos), his little brother swore he had slipped illegally
        into the land of Uncle Sam.

        Guicho was the first to see the black Ford lobo with gringo plates,
        piled up with toys, clothes, and other junk, parked in the plaza.
        The patron was none other than Felipe. Guicho knew him at once,
        certainly, but until he didn't call him Phil he didn't receive his
        present, and all the others also forgot about Felipe. Phil had
        come back! Fortune smiled on the young taco-maker; Air Jordan
        tennies and a Diamondbacks jersey was his pride, both gifts
        from Phil, who told him before leaving: vente to Phoenix, mon,
        take my word, you hit me good, dude, no problemo, get with it,
        I get you trabajo en mis tortillerias, just paisanos are hired,
        I pull with la raza brothers, you arrive Phoenix, I send a troca
        por ti, give you casa y job.

        48 months later, the future tortilla-maker found himself in Altar,
        Sonora, with his savings and debts to his grandfather his only
        baggage. He had come to Hermosillo on a plane. After three days
        hiding in a hotel in Nogales (recommended by the shuttle driver),
        sharing a room with twelve from Nayarit, never quite seeing
        why, he fell out with the caretaker and saw a red afternoon go
        down from a bus. The night was old when he got off in Altar.
        Didn't have to search, or ask. Sitting in the little plaza he
        was set upon, heard three proposals, all the same, 1300 dollars
        to Tucson, first in car to Sasabe, then walking seven, eight
        hours, always at night, by day seeking a little shade, and
        so for three nights. Then waiting, waiting... at the whistle
        from the ride-man you run for the truck, until in Tucson, the
        bizz was sure. Get with it bro', the van is leaving right now.

        Face down, with four knife wounds in the stomach, Guicho was
        bleeding. It wasn't the border patrol, nor the movement sensors,
        not the minutemen nor the vigilantes, nor abuses by Mexican soldiers,
        nor the thieving rats who had seized and assaulted the van an hour
        ago, not even the 124ºF of the desert could manage to pierce
        through, nor the venomous serpents. It was the guide, the coyote
        in sandals and snakeskin sash, the same who assured him there'd be
        no problem if he paid in Tucson, the same who had helped him escape
        from the supposed attackers. The pollero, after running
        ahead of him, was waiting, panting, and on catching his breath,
        shouted: Geh'down! Geh'down, dude! and not understanding
        the order, Guicho received the first metal caress on his face,
        Take your pants off, loco!. The memory of lean meat tacos
        and chitlins and his father carrying loads of cement, urged him
        to fight for his dream, but in vain. A centipede of blood on his
        arm made him obey, get your pants off, you bastard piece of
        shit! – now down on all four, bro' – don't make
        this difficult, loco, on your knees, get down! Guicho
        respected the order, biting his hand, saw sideways the Sinaloan
        digging into his clothes, threw stones at him, but three stabs
        into the stomach made him give up, unresisting, the pollero
        continued his exploration, cackling as he pulled out the small
        wad of dollars, You thought I was a faggot, didn't you, little
        hole? So you'll grow another for thinking bad of me, asshole!

        Four stab wounds were weeping, four, like the altar candles his
        mother would never buy him, and it didn't happen in Arizona, it
        came down in Las Tinajas, in the land of Sonora. The trembling of
        Guicho's muscles stopped, and suddenly he stayed quiet, so quiet like
        when he was sleeping on his cot, dreaming of coming home with a pickup
        truck full of gifts for his family, for the whole town. Now his
        future was draining out from his belly, a brown belly, painted
        in red... before closing his eyes he thought of his land, of his
        mother, his girl... slowly he lifted his hand to his chest. From
        that same hand, something golden sparkled with the first rays of
        sunlight: a medallion of the Virgin of Juquila, on the back it
        read: my baptism Luis 17-02-88.





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