tijuanagringo poemas









Siluetas

Solía deternerme en los caminos de mi pueblo
acariciar el cabello de un niño que luego corría
y se perdía en los huecos de las montañas.
Acariciar el pelo reseco de un perro vagabundo
herido de una pata y herido del alma
como el Capullo que nunca regresó a la pandilla del 
							barrio.

Jesusita engordó su panza como pelota,
mi compadre la amaba todas las tardes
mientras el sol insistía en pintar de escarlata
						el horizonte
				que hipnotizaba a las gaviotas...

Los pelícanos tenían que penetrar
hasta las rocas del fondo de los mares
a pescar aquellas perlas en que floreció
la Bahía de Todos los Santos.

Elena bendijo mi juventud con su desnudez
en la playita de los Cangrejos,
–el miedo a la oscuridad y al brandy Presidente
me hizo vomitar cerca de la panga–
y fue seductora hasta que la perdí:
su falda de seda resaltaba sus caderas.
Yo me fuí en la tradición de un sixpack de Tecate,
en el cigarrillo que fumábamos todas las tardes
a la orilla del Arroyo Seco
esperando ver pasar a las morritas en chors
y suspirar por sus piernas torneadas por el sol.

Yo solía deternerme algunas tardes
en la vereda del camino de mi pueblo.

Guillermina, aquella niña que bailaba tan bien,
	ya nunca me sonrió igual.

Mi compadre se volvió a casar:
supe que su hijo se dio un tiro en la boca,
y supe de su tristeza
cuando lo encontré borracho bajo la lluvia
gritando sobre la tumba de su madre.

El mar estaba en donde mismo.

Yo, que siempre me había creído poeta,
aún persigo a mi sombra
en aquel camino de mi pueblo
en aquel chiquillo que corría al hueco
de la montaña,
en aquel perro que aúlla en las noches
presegiando mi figura en los cercos,
esa silhueta que ni la luz de las farolas borra...





					-- Jeff Durango

		and my little translation


Silhouettes


I used to stop in the roads of my town
and stroke the hair of a child who then ran away
and lost himself in the hollows of the mountains.
To pet the dried-out fur of a stray dog
with wounded paw and wounded spirit like
that Rosebud who never returned to the neighborhood
						gang.

Little Jesuita's belly swelled up like a football,
my buddy made love to her every afternoon
while the sun insisted on painting the horizon
					scarlet
			to hypnotize the seagulls...

The pelicans had to penetrate
unto the rocks at the bottom of the sea
to fish out those pearls which flowered
in the Bay of All the Saints.

Elena blessed my youth with her nakedness
on little Cangrejos beach,
–the fear of darkness and the Presidente brandy
made me vomit off the outboard boat–
and she was a seducer until I lost her:
her silken dress rebounded about her hips.
I went on in the tradition of a sixpack of Tecate beer,
in the cigarette we smoked every afternoon
at the mouth of Arroyo Seco
hoping to see the chickies pass by in shorts
and sighing over their legs twirling in the sun.

I got to hanging out some afternoons
on the edge of the road into my town.

Wilhelmina, that little girl who danced so well,
	now never smiled the same at me.

My buddy went on to get married:
I found out that his son shot himself in the mouth,
and I found out his despair
when I discovered him drunk in the rain
screaming over the tomb of his mother.

The sea was in the same place.

I, who always believe me a poet,
still pursued my shadow
in that road into my town
in that little kid who ran to the hollow
of the mountain,
in that dog who howled in the night,
prefiguring my shape on the fences,
that silhouette not even bright streetlights erase


tijuanagringo poemas

all rights reserved todos los derechos reservados Jeff Durango & Daniel Charles Thomas